martes, 8 de octubre de 2013

Tierras







Tierras

La tierra se hace árida cuando se abandona y estamos tan acompañados de campos yermos que los desiertos nos llaman a la puerta y lo encontramos natural; ¡ya estamos resignados a perderlo todo! 

Como ya expliqué, la roca estaba desnuda, sensual y abandonada. Daban ganas de tumbarse sobre ella, dejarse caer bajo el sol, doblarse en la indolencia y aguantar hasta el otoño. También perderme entre excusas como han hecho con la mayoría con las tierras; hoy ya son parte del abandono colectivo, como lo están las casas de campo, los pueblos y las montañas.
...No quiero seguir por ahí... ¡eso hace daño!

El sol ardiente lo abrasaba todo, teñía la piel de ocaso y en verano los incendios lo cubrían de dolor y ceniza. Cuando llovía, el agua ya corría antes de tocar el suelo y a su vez hacía una torrentera violenta. Con precisión barría el bosque en un instante; ¡allí no quedaba nada! Las plantas angustiadas sólo la veían pasar, pero era sólo un segundo de gozo y con eso tenían bastante. En un instante lo expresaban con súbito verdor y el poder de la vida presentaba una realidad dura pero asombrosa. A las dos horas todo volvía a estar seco, sufrido y mortecino.
La Comella era una roca caldeada en verano que esperaba las lluvias de otoño, pero en realidad no estaba muerta, estaba tomando el sol y para restaurar la vida reclamaba un lecho fresco y confortable; ¡tierra y agua para recuperar la dignidad!
La naturaleza es poderosa y paciente, ella sabe colarse entre las grietas en búsqueda de humedad. Es inteligente y sabe aprender a volar o nadar para crear su espacio vital. Aquí se retorcía entre la roca, se contorsionaba  para recoger nutrientes disueltos entre las piedras; era su sufrida manera de sobrevivir.

Para paliar la miseria de un estado casi terminal se tuvieron que traer camiones de tierra de varios lugares, miles de metros cúbicos se extendieron sobre aquella corteza de pobreza y abandono.
Había que crear humedad y cuerpo firme en el suelo, crear un soporte para que las raíces pudieran alimentarse y el pié del árbol pudiera aguantar las envestidas del viento.

Se puso en marcha una maquinaria pesada, costosa y compleja. Para socorrerla elaboré una leyenda que me pedía lo que buenamente podía hacer; ¡nada más que eso! Hice traer tierras de allá donde fue posible: más de 7.000 m3 han venido a auxiliarla. Algunas eran de la futura prisión de Tarragona, es tierra que opta por la libertad y toma otros destinos. Otras vinieron de "El mas de las almas" de Reus. Una coincidencia asombrosa; ¡los símbolos siempre dignifican el lugar! Tierras de promisión, lechos de libertad y espíritus animados que hoy respiran y alimentan un bosque nuevo.

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