miércoles, 22 de agosto de 2012

Nenúfares


Nelumbo de dolor que vive en los manglares. 

Nenúfares
Lucía ha recaído otra vez; ¡parece que se mueve en un círculo interminable! Los avances anteriores hoy se han esfumado y su mal ya tiene el perfil definido; no pretende ningún cambio que cuestione o discuta los límites de sus sentidos. El estado anímico y la desconfianza en el devenir los estima fijados en el carácter y para ella se presentan como irreversibles; ¡así lo ha decidido!
El miedo la cohíbe, le forma un nudo en la garganta y la ahoga lentamente. La deja en los estados de asfixia adquirida y crónica, situaciones repentinas que sufría cuando antes yacía con el Ausente. Entre ellos establecieron un juego pasional que les llevaba al borde de la muerte, en ocasiones les producía mareos de vértigo. Consistía en respirar el aliento del otro y crear un circuito cerrado entre los pulmones de los dos; en algunas ocasiones llegaron a desmayarse y despertar posteriormente con delirios agónicos. Sin saberlo hicieron lo mismo que Marina Abramovic y Ulay en: "La muerte misma” (1997) Ahora es ella la responsable de todo, se niega a respirar hasta que queda blanquecina, pálida-añil en una mezcla de colores terminales.
Las noches vuelven a paralizarla en solitario, se desvive con pequeñas alusiones íntimas que encuentra a su paso. Respira los campos desiertos y se pierde en ellos, camina con una urna en la mano y siembra las cenizas como el que faena con las luces del alba; ¡cualquiera diría que ha perdido el clavo de la razón y lo busca en la oscuridad de sus ojos!
Casi siempre la libido ha dirigido sus flaquezas, ha causado el sesgo de la tragedia vivida y ha configurado el motivo principal de su ceguera. Casi siempre ha sido el despliegue amoroso la que la ha subyugado hasta la dependencia psíquica. Ahora su quimera se centra en la contención del apetito sexual, desea averiguar si tiene la fuerza moral y psíquica para reprimirlo y sublimarlo.
El Chacal piensa que no es cierto, que su cuerpo se queda anhelante y húmedo estimulada con los olores del mirto, lo pudo constatar con la yema del anular antes de despedirse. Fue una experiencia dulce y dolorosa: excitante por el hecho de descubrir los engaños que median entre la voluntad y los sentidos. Amarga por que en aquel momento sintió un fuerte dolor en el lóbulo lateral izquierdo y una mancha oscura tapó parte de los recuerdos; ¡fue un instante!

El remedio de Lucía no aparece en ningún relato, es secreto y se presentará al final como un caso sin solución. En ella se ha formado la idea de que sólo puede encontrar consuelo en la amnesia permanente, quizá, como él, pretende ocultarlo todo trás una mancha oscura. Las sombras de sus ojos, la oscuridad de su mente, son espacios familiares, es por ello que se sumerge en los pozos del olvido y al contrario que hacen los grabadores en las planchas de cobre, ella borra los dibujos de su mente con aguafuerte. Ahora hace grandes esfuerzos para vivir el tránsito del instante, sentirse que se esfuma como el aliento en el presente; ¡debe, puede y quiere olvidar!

Dulce olvido
Entre las madreselvas
Dejo la mente

Fue entonces cuando empezó a pensar en el poder de las plantas, en sus cualidades visionarias y sus efectos terminales. Se especializó en las que tenían capacidad para transformar la mente, aquellas que están cercanas al misterio y pueden presentar poderes notorios. Fue así como se hizo conocedora del poder germinal que tienen los lodos del río, observó como brota la vida en la pudrición de los manglares y comió con placer el fermento espumoso de las aguas fecales. Poco a poco se transformó en una nelumbonácea con las raíces flotantes.
Ayer se sintió cercana a las formas de vida que se encuentran en los lagos estancos. Concretamente su olfato detectó el aroma dulce de los pétalos del loto, esa flor misteriosa, símbolo del desarrollo espiritual, imagen de lo sagrado y puerta secreta del olvido. En ella ha encontrado el placebo para dormir y la fuerza moral para olvidar lo que le ha pasado.
Somnolienta, mira y exclama mientras flota en el manto de limo…

De las marismas
Nace algo tan bello
Como tus ojos

Así canta y toma decisiones que le permutan el pensamiento. Entonces empieza su terapia particular, y en sus momentos de entrega placentera llena la bañera con agua tibia, coloca velitas en los bordes, rocía el aire con incienso y cubre el agua con nenúfares; es un baño de colores boreales que no puede ver con los ojos pero que ella percibe integramente. Después se sumerge con sigilo y deja la cabeza fuera. Quieta y expectante, contempla con los poros de la piel una situación asombrosa, abierta a los sentidos. Ella aparece como la imagen de una náyade flotando sobre un manto verde. Así se contempla sin mirarse, se descubre pletórica sobre los lodos y se abre en Lucía una flor madura iluminada con un rayo de esperanza. En esa sofisticación de mirlo blanco, del canto luctuoso del cisne negro, encuentra alivio y se cree renacida y pura.
Así aparece en el sosiego de un placer afectado, un escenario ostentoso, perfumado con aerosol y lamparillas de incienso; ahí se duerme. En ese lugar teatral, asombroso y quiebra-hito, planta ahora el germen del nuevo destino. En su peregrinar por el baño recita palabras de desolación pero en realidad busca remedios lascivos con deseos inconfesados. Para distraerse solicita la cercanía del perro de los desiertos, hoy ya amansado; el Chacal. Se escriben y se piensan a distancia, pero ella juega a controlar las emociones y él se encuentra cansado y herido. Él continua con fuertes dolores en el lóbulo izquierdo y ha decidido descansar y esperar a que los relatos terminen. Paralizado por la situación exhala...

En este lugar
Bebo los horizontes
Como siempre

Ella exclama sin mover los labios…

-Soy nelumbo de dolor, barquito de la agonía que germina en los manglares.
Vivo como un nenúfar en aguas estancadas, siempre alerta y con las raíces flotantes.
Me alimento de sus pétalos y sus androceos son mis llamitas en el sueño; ¡con ellas me entrego al olvido! Quiero hacer de mi un torbellino de viento, un regüeldo de río; ¡amor, así podré estar una vez más contigo!
Ya sólo me acompañan tus restos blanquecinos, los dejo perdidos por los rincones, los oculto entre las grietas de la tierra, los propago en el viento como semillas de vuelo.
Añoro tu voz de niño, también la luz de mis ojos afectados por tu presencia. Hoy invoco sin cesar el resplandor que emitían los tuyos. Ya no siento la sonrisa franca que alentaban tus manos, ni las caricias de pan caliente y miel que desprendía tu cuerpo. Ahora te miro en los albañales, ensimismada quedo como el que mira pececitos de colores. -

Lucía miró al cielo y gritó con la boca llena de auxilios. Con los brazos implorantes y los ojos radiantes de anhelos, dijo...

Trota caballo
Salta entre las nubes
Toma mis manos

El chacal es un personaje endurecido por la tragedia, es brusco en sus maneras y siniestro en algunos casos, pero ha sido su guía por un tiempo y la ha conducido con tacto por los sutiles y oscuros senderos de la mente. Él le ha regalado un rosario de recuerdos, le ha dibujado en el rostro imágenes inolvidables y le ha producido sensaciones imborrables, todo fundido en estos relatos que son ya el patrimonio moral de Lucía; ¡los recordará siempre! Entre otras acciones le ha dado furtivamente una piedra pequeñita y blanca, como el huevo de un halcón. Es una caja diminuta con un mensaje encriptado que nadie puede entender por el momento. Ella no se enteró del obsequio, la metió en el bolsillo del pantalón y allí quedó por un tiempo indefinido. Es una replica simbólica de la que él lleva permanentemente uncida en la mente; es la forma originaria de la tragedia de estos relatos, espejo real de aquella que lo presenta en el fondo de la cueva. Así pensó él que quedaba cosido el devenir, anillado entre las contingencias del destino, pero la vida presenta giros inesperados y el dolor en la cabeza se hace más y más incisivo. Ahora sólo espera que en su día se revele; ¡haga el efecto esperado!

Lucía,
ya se que buscas
con el deslumbre de los ojos,
entre los juegos de la piel y el beso.
Ya se que esperas del discurso amañado,
donde el pensamiento se pierde entre sudores.

Te prometo que un día iremos juntos de la mano
hasta la colina donde el río nace y allí mismo
dejaremos un saludo como bandera.
Palanca que mueve el mundo
entre los matojos prendida.

En la tierra hundiremos
 doce piedras solitarias;
señales de una alianza
más firme que los pilares del cielo.

Tras estos versos Lucía irradió una sonrisa incipiente en el rostro. Era casta, aparentemente inocente pero también perspicaz y calculadora, por ello siguió con la dieta de flores de loto y se hizo un vestido de ninfa. Un vestido blanco, luminoso y casto, un señuelo  para alejarse del pasado y a su vez afianzarse en el presente. Poco a poco fue olvidándolo todo, olvidó su nombre, su ceguera y se rehízo entre los sueños. Se confundió con los nuevos amores y hasta olvidó el tono de su voz y el significado de sus palabras… La solución al dolor fue milagrosa, la trajo consigo la ingestión nocturna de las semillas del olvido.

-Empiezo a sentirme viva, renazco entre el murmullo de la flor de los manglares, ya soy el gemido naciente que estremece la ciénaga.-

Pienso que el loto es una metáfora soberbia sobre la vida y ella lo intuye con una fuerza ininteligible.
Lucía sabía que esta flor está asociada con Maha Lakshmi, la diosa de la abundancia, la que provee prosperidad, pureza y generosidad. Conocía la leyenda de que Brahma, soberano hindú y padre espiritual de todos los dioses, provenía de ella. Esta flor es de forma pura y sencilla, es harmoniosa en su conjunto, solemne en su compostura y disfruta de colores vivos y profundos. Aunque nace y vive en el fango nunca se ensucia y siempre permanece impermeable y perfumada.
Lucía vio en esta forma viva un espejo para mirarse, un alma gemela para encarnarse. Pesó que era su medio para emerger de la materia putrefacta y encontrarse así con el tiempo perdido…

Luces del alba
Légamos en los ojos
Que resplandecen

-Como el cáliz de un  nenúfar he de renacer entre los lodos, pecinas que mi cuerpo han dejado en el lecho. Ahora es un erial frio, una mortaja para el recuerdo-

Ahora vuelve a precipitarse en el foso de los sentidos, exclama en soledad y se eleva sobre su propio dolor. Para soportarlo lee versos de R. M. Rilke y de esta manera cae sobre sí, se desploma en la zona profunda del sueño.

La muerte es grande.
Somos los suyos
de riente boca.

Final, R. M. Rilke

Entonces vuelve al ritual de novia abandonada, se desnuda como una náyade, se tumba en la cama y se rocía el cuerpo con el perfume del Ausente. Unta los ojos, la boca, los oídos y come pétalos de loto a grandes bocanadas, los mezcla con el hedor de los restos permanentes; ¡es un acto de ingestión sagrada!
Con sus lágrimas hace un fanguillo que distribuye con cuidado por la cara, los pechos y el bajo vientre. Entre sudores se despierta y por su boca sale un hilo de voz imperceptible.

-¡Es la purificación del cuerpo entre fermentos animados!-

¡Su aspecto es sobrecogedor! Ha adelgazado, tiene cercos profundos en los ojos, el pelo enmarañado, descuidado y las manos temblorosas y esquivas. La vida se le escapa, el cansancio la deja sin fuerza y en sus ojos empieza a vislumbrarse la inflexión añil de la melancolía. Por momentos se dibuja la siniestra mueca de la tragedia. Los suspiros son tan lastimosos que no tienen alivio posible; ¡nada puede calmar su pesar!
El amor del Ausente se ha convertido en dependencia espiritual y ahora lo hace servir como una barrera de protección, una manera de esquivar las situaciones. El recuerdo es tan vivo y permanente que cuenta los minutos que ha dejado de respirar y en ocasiones anhelaba reunirse en la eternidad, fundirse con él en la noche del olvido. Así sucede mientras exclama y comulga con pedacitos de loto cortados como la sagrada forma.

-¡El tránsito es la solución!-

Dice para sí; ¡ya sin consuelo!
Seguidamente escribe algo sobre el lienzo azul del cielo.

Percibo bajo los pies
la fuerte presencia del mundo.
Siento entre las manos
la suave acción
del tiempo.
Amor,
eso es
todo.
Semilla viva que siembro en mi.

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