sábado, 9 de marzo de 2013

El vientre de barro

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Palabra oscura. 2003. Edita: F. Poblet. La Comella. 

El vientre de barro

Para un escultor que explora el susurro de las plantas, que escribe en libros de barro y contempla las pizarras que se ocultan en el desierto de La Serena como la gran biblioteca; la naturaleza es un laboratorio de experimentaciones, de sumisiones y de presencias hierofánicas. Siento que la naturaleza lo es casi todo, la cultura me resulta secundaria. Reconozco que los instrumentos de interpretación que me presta forman el marco para mirarla, para aprender y disfrutarla. También para asumir un compromiso que me una a ella, que me enseñe el camino para dialogar y generar una relación sostenible y armoniosa, pero el temple de los sentidos, el enfoque de las ideas, el color de la mirada y los ejemplos soberbios los he tomado directamente de aquello que alumbra el sol. Es por ello que realicé El anillo de piedra, un trabajo que sentía como inexcusable. Desde el año 1973 lo mantuve entre las manos, siempre me aparecía como un compromiso pendiente, una idea que daba sentido a mi vida. Apareció La Comella y poco a poco me he visto conducido a formalizar una manera de vivir y crear así una aliada estable.

La Comella es mi referente, a ella me entrego y con ella configuro la obra que justifica el haber estado con vosotros. Es el escenario que me presta argumentos espléndidos para sentir el impulso de la vida; ella me abre todas las puertas a la reflexión y no me pide nada que yo no este dispuesto a dar. Me ofrece la poesía de la luz entre los flecos de los árboles y la balada de los instantes me anuncia que estoy en el lugar preciso. Entre las ramas oigo el canto solemne del viento y también la lucha atroz entre los cuerpos vivos. Miro embelesado como la roca duerme reseca, se calienta al sol como un animal milenario. Pienso que es una palabra enjuta que me muestra el arte de la creación sublime, la que se filtra entre los días como la efímera flor del tomillo. Entre sus tallos enjutos se oye un silencio concluyente; un aullido de tierras que he traído de la nueva prisión de Tarragona. Es una fortuna en libertad, un lecho mullido para los lirios, un soporte estable y fértil para que la vida se muestre generosa. Es por ello que he asumido la obligación de hacer un pacto, una alianza con la naturaleza, una intervención integral aportando tierras y recogiendo las aguas de lluvia. También he tenido que limpiar el bosque, arreglar los caminos, replantar árboles y hacer las obras. Soy escultor y pienso que en ocasiones estoy condenado como Sísifo; mis piedras también  ruedan por la pendiente. Algunas de ellas han quedado mudas y dejan el testamento escrito en la cara oculta del mundo.

Mi compromiso no es heroico, ni tampoco un suicidio intelectual, no deseo arrojarme en los abismos vacíos de la materia sin llevar una intención clara y útil. La mía es una opción meditada que necesita de gestos sencillos, directos y serenos. Nada de lo que hago en el interior de las piedras es extraordinario y siempre tengo la voluntad de esclarecer algún apartado de la vida que me preocupa y, además, tengo la convicción de que es en el vientre de las piedras donde mejor resuenan mis argumentos. Si no, como puedo responder a las plegarias de los árboles, a los alaridos del viento, a los quebrantos del río, a los susurros del mar. Dónde puedo dejar mi testimonio sin interferencias y confusiones. Dónde mejor que en el lugar de las ausencias, donde los oídos sordos no tienen ningún efecto y los ojos ciegos se anestesian en la oscuridad. Pozo sin bordes donde la boca callada de los humanos no puedan llegar nunca.
Me pregunto: cómo puedo darle curso a un pensamiento esquivo, a una queja que duele y libera una palabra como una maldición. Cómo guardo este gruñido que se escapa de mi condición animal y me hiere en el deambular por la renuncia. Cómo puedo caer en el hoyo de una bola de barro y evitar el  desprendimiento de la historia. Cómo puedo reconciliarme conmigo si he de construir archivos, canopes, recipientes, urnas y cajas para luchar contra el tiempo…

Aquí no puedo evitar sentirme incómodo; cierto pesar me oprime el pecho y un sentimiento bifurcado me deja derrotado. ¿Hay algo más absurdo que mis conjeturas? El canto de un jilguero es más poderoso que yo. Cuando oculto una idea me mueve un sentimiento confuso; en ocasiones pienso que soy el más miserable de los impostores, otras que soy un predicador encaramado en un peligroso risco de Las Bardenas Reales, no obstante algo me mueve a continuar...

Cuando me siento así, confundido y apenado, dejo caer murmullos en un agujero, o bien tomo una piedra con la mano izquierda y con un martillo en la derecha le asiento un fuerte golpe. Entonces la piedra se abre en dos y me regala un lamento. ¡Me siento un miserable! pero entonces veo que una imagen que guardaba en su interior se revela, una idea dormida, secretamente oculta durante millones de años, se muestra ante mi y me sorprende; ¡me asombra su interrogatorio! En aquel momento me siento renacer y pienso que ese gesto me reconforta, me hace sentir vivo y encadenado a los sucesos. Entonces la acaricio y con respeto deposito en su interior unas palabras de consuelo.

Pienso que el vientre de las piedras es un refugio noble que no pide tributo alguno, en ellas puedo confiar todo mi desasosiego con un sólo gesto, ¡no hacen falta palabras, no hacen falta sacrificios...¡ Cuando cierro la piedra la luz se eclipsa en su interior y cuando dejo mi voluntad encerrada en aquel desierto de soledades me complazco de ser testimonio de lo sucedido y pasante del futuro. Así es de sencillo, trabajar para el olvido, siempre a la espera de que alguna cosa se escape por las fisuras del tiempo.

Ahora me complace hacer la obra en el territorio de nadie, en el desierto de los descreídos. Pienso trabajar sin descanso y sin desvivirme por las consideraciones de los demás, sin desear nada a cambio ni esperar otro cielo que no sea este azul que ven mis ojos.

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