martes, 24 de abril de 2012

Adrián


Piedad,  Sam Jinks
Still Life  2007
Silicon, paint & Human hair


Adrián
En 1978 lo encontré en la rambla de Barcelona, ¡casi no pude reconocerlo!  Me llamó a gritos y radiante de alegría

-Soy yo, Adrián, tu amigo el de Ejea… ¿no te acuerdas?-

¡Claro, claro, cómo no, ahora caigo, cuanto tiempo hacía…! ¿Cómo has cambiado; qué haces aquí?

-Estudio económicas, todavía estoy en el tercer año pero no tengo prisa. En realidad me dedico a otros quehaceres.-

Me relató todos los pormenores. Habían pasado diecisiete años y él seguía siendo un ser especial que conectaba de manera natural con los tiempos. Se había hecho corpulento, vestía bien, con buenos zapatos y camisas limpias. Me vino a decir que era sindicalista y estaba en la ejecutiva organizando el sindicato de la CNT y que los estudios eran una tapadera para tranquilizar a sus padres.
El encuentro fue un viaje hacia el pasado que me produjo vértigo, millones de combinaciones mentales se hicieron en aquel instante para encajar aquel rostro y los pormenores del presente con los que yo disponía de su pasado. Mis recuerdos hicieron un balance rápido y las piezas empezaron a encajar una a una. Pasados diez, a lo sumo quince  minutos, le tomé el pulso a la nueva realidad y su historial lo tuve de nuevo reconstruido!
Tomamos una cerveza, hablamos sin cesar y nos despedimos con un fuerte abrazo y el compromiso de vernos pronto. Le di mi dirección pero él no me dio la suya. En ningún momento malpensé y di por hecho que volvíamos a estar conectados.
Pasó el tiempo y me olvidé del encuentro. El año 1983 fui invitado por María Antonia Pelauzi a dar una conferencia sobre la nueva artesanía en Cabueñes, (Gijón). Al terminar, alguien gritó mi nombre desde el público: era Adrián, se había hecho artesano del cuero. También me costó reconocerlo: llevaba barba y pelo largo, aparentaba ser mucho más viejo, había cambiado el tono de voz y se había hecho musulmán. Nos fuimos a tomar la segunda cerveza y me describió los pormenores de su nueva realidad. Vivía en Granada, se había casado por el rito islámico y ejercía el derecho a tener otras esposas… Me explicó su nueva situación convencido y feliz; por fin disfrutaba el camino; ¡seguro ya en su andadura!

-Ellas hacen la vida en una estancia separadas y se turnan en el lecho. Están conformes y viven en armonía, tenemos dos criaturas, hacen las labores de casa, ayudan en el taller y en general mi familia es un remanso de paz-

Otra vez tuve que hacer un esfuerzo mental para situar el compañero de la niñez con el segundo y el tercer amigo. Al los veinte minutos, quizá treinta, llegue a reconocerlo y a encajar las piezas en su lugar. Volvía a tener el historial al día y podía entender los cambios y los giros del alma humana. No obstante empecé a dudar de la fortaleza de aquel espíritu; ¡de joven tan admirado!
Al volver a Castellvell (Tarragona), pensé sobre lo que me había explicado y los cambios y giros que da la vida. Esta vez nos habíamos dado las direcciones cruzadas, pensé que otra vez estábamos conectados pero, igual que la anterior, olvidamos el encuentro al entrar en la rutina de los días.

 Lo volví a encontrar el año 1992 en Sevilla. Yo iba con mis hijos a la feria internacional y fue él quién me volvió a reconocer. Alegría por el encuentro, el mismo ritual, la misma cerveza y el intercambio de direcciones. Me explicó que se había separado, abandonado su vida religiosa y se dedicaba a comprar futuros. Le iba muy bien y deduje por el traje y el coche que conducía que era cierto. Me explicó como funcionaba su trabajo; el tenía un fondo de garantía y con él podía comprar lo que quisiera, en cualquier parte del mundo. Había comprado en largo 200.000 toneladas de trigo  Argentino del año 1994 y tal cono veía la evolución y el avance de los precios haría una fortuna.
Así se dieron varios cruces fortuitos entre nosotros, enlaces que me obligaban a resituar el personaje y  hacer balances nuevos. Entre mayor me hacía más difícil era aceptar sus cambios y cada vez me resultaba más complicado entender como mi vida se movía tan poco aunque las cicatrices cubrían mi cuerpo.

De todos los encuentros con Adrián el más sorprendente fue en Ciudad de México. Estuve allí unos días, ya de regreso de S. Luis Potosí el 2008. Lo encontré muy cerca del centro y esta vez fui yo el que le reconoció. Estaba detrás de un pequeño mostrador en una librería de viejo; eran las nueve en punto de la mañana. Nos alegramos de las coincidencias de la fortuna, de lo pequeño que es el mundo y de las distancias que formaban nuestros encuentros. Como era temprano esta vez no tomamos cerveza; nos fuimos a desayunar al Café Tacuba. Es un lugar fascinante; un edificio de época colonial que prepara comidas para el recuerdo acompañadas con música en directo.
Otra vez me explicó su vida y hizo especial énfasis en como el juego y la compra de futuros le habían arruinado. Me vino a decir que sólo le quedaba aquella librería atestada de volúmenes que justo daba para  comer. Tenía que vivir en la trastienda…
Mientras comíamos nos inundó la melancolía; teníamos sesenta años y los golpes nos habían derrotado. Cuando le explique los episodios de mi vida dijo:

-El tiempo decanta la balanza hacia el dolor.-

Entre los recuerdos salió el tema de nuestros años de infancia. Fue entonces cuando le pregunté si sabía alguna cosa de la catequista. Me miró fijamente y se puso a llorar; después de un rato largo me dijo casi sin voz.

-Vive conmigo en la trastienda, tiene 73 años y el alzhéimer está terminando con su vida…-

No supe que decir y nunca olvidaré su nombre, tampoco le pregunté nada más. Me negué a hacer el ejercicio mental de siempre, ahora no quise recolocar las cosas en la tragedia. Me negué a saber como el destino los había unido de nuevo; sobretodo, rechacé la posibilidad de ensuciar y destruir la única imagen poderosa de mi niñez.
Esta vez no me dio su dirección, pensé que conocía el lugar y era fácil encontrarlo. El 13 de febrero fue mi cumpleaños; hice sesenta y cuatro. Estuve indagando para conectar con él y saber algo; no conseguí el correo pero sí el teléfono, le llamé durante un día entero pero nadie me contestó…

Postdata: Este relato es real, cualquier semejanza con la  ficción es pura coincidencia…

miércoles, 18 de abril de 2012

Lupanar



Ventana del asombro. Ensayos en el inicio del camino. 2008-010


Lupanar


Me lo narró todo en un estado de confesión, todavía excitado y con una sonrisa incipiente en la comisura de los labios… Por mi parte soy indigno de su confianza al relatar los hechos aunque sea de manera sesgada y omitiendo lo más escabroso. Por lo tanto, arrepentido y pesaroso dejo también un registro repugnante de mi baja ascendencia humana. No me perdonaré nunca haber profanado su palabra, pero ahora estoy necesitado de espacio mental; tengo que sacarme estos lastres del pensamiento para que entren aires nuevos... ¡Es cuestión de sobrevivir!

A los doce años se fue a Zaragoza, deambuló por el Tubo durante días hasta encontrar la mujer del placer que presentaba la máxima semejanza con Lucía; buscaba con fervor a aquella que tenía encajada en la memoria. No la encontró y se tuvo que conformar con un ligero parecido.

La miró frontalmente y le dijo con aire imperioso:

⎯Vamos…, pero con la condición de que no hables ni una sola palabra; ¡si dices algo no te pago!⎯

A ella le debió hacer gracia aquel tono altanero en el rostro lampiño de un zagal. Seguidamente llamó un taxi, se acomodaron dentro y al instante arrancó con chirriar de ruedas. Sin que mediaran palabra tomó el rumbo; el taxista conocía muy bien el destino. Ya en las afueras de la ciudad entraron por caminos de tierra bordeando los brazales y las cañas secas. Al final llegaron a un caserón oscuro, no tenía luz eléctrica y las estancias se alumbraban con grandes cirios y bujías de carburo.

El olor de la estancia era una mezcla indecible de fermentos en acción, todo quedó grabado en su mente como en una plancha de cobre.

Según las instrucciones de su catequista y las imágenes que le había mostrado de un libro oscuro (Le dijo al oído que era de Dante el alegre…¿?), aquella casa era el lugar de la destrucción del alma...

Pensó en un intervalo sin medida, se sumergió en la duda eterna y la resolvió al instante; había llegado hasta allí por motivos imperiosos y no estaba dispuesto a ceder por más que su espíritu se abrasara en el infierno como una mariposa lo hace entre las llamas.

La entrada del caserón ya era la reproducción del averno. Él se precipitó en aquel lugar sin desmayos; en un segundo ya estaba dentro y no podía, no sabia, no quería echarse atrás. La sala era espaciosa y el suelo estaba cubierto de paja dorada. Antes había sido el lugar para las mulas, ahora era un lupanar para aquellos que no podían o no querían pagar la habitación y menos aún las sábanas limpias. En los muros de tierra y desconchones de cal colgaban algunos espejos y aquí y allí se exponían lujuriosos los calendarios de los camioneros. Al fondo se abrían dos corredores: a la izquierda subía una escalera y a la derecha un pasadizo que daba acceso a varias alcobas. La sala de entrada estaba ocupada por tres parejas, una de las tres impresionaba mirarla. Un hombre corpulento, calvo, desnudo, con los zapatos puestos y los pantalones caídos; ¡era el híper-retrato carnal que muestra el teatro del mundo! Allí estaba la imagen de Satán ensañándose con su víctima.

⎯ ¡Imponente, solemne como un guerrero!⎯


Así me dijo… Bien trabado y tensado en todos los extremos, atado con invisibles cinchas de cuero y fuertes tendones adiestrados en las faenas del campo. Sujeto con los brazos peludos y centradas las ingles, descargaba sus envites como lo hace un caballo. Lo hacía sobre un cuerpo menudo, con los pechos pendolones como los de una cabra primeriza. Ella tenía formas curvas, cabellera rubia, estaba bien peinada y con una rosa roja engarzada en una diadema de latón con ribetes de corona. Lo que más impresionaba era ver como se balanceaba con los empujes; ¡iba i venía como un ariete contra una muralla!

Para rellenar la llaga que se estaba abriendo en su psique, la escena se multiplicada en los espacios especulares de la pared. Las otras parejas, más prudentes y buscando los rincones, hacían de acompañantes en aquel escenario de repeticiones infinitas. Aquello era un río lujurioso desbordado en todas sus riberas.

Expectante y resuelto dijo para sus adentros:

⎯ ¡Qué escena virgen santa!⎯

Pagó la cama y las sábanas, entró, cerró la puerta y miró atentamente como ella se desnudaba. En aquel momento se sintió el niño mojado de antaño y esperó a que ella lo desnudara. Lo hizo tranquilamente mientras le miraba con ojos candorosos y le adulaba sin decir nada. Lo cabalgó con dulzura, acompañado de besos y caricias abundantes; por un instante fue la suma de todas las mujeres que se pueden soñar en el diminuto espacio del instinto. Fue un encuentro que giró todos los valores del universo. Ella era el sosiego de la tierra que se abre para conocer en profundidad los designios de la creación. Realizó un trabajo profesional y no exento de amor; hasta tuvo un detalle que se escapa a la sensibilidad común de muchas mujeres. Él era virgen y se circuncidó de manera natural. Como todo fue tan relajado sólo le salió un poquito de sangre. Ella lo supo ver al instante y para no molestarlo, o para romper su promesa le dijo.

⎯¡Debes haberte cortado…! ¿quizá con un pelo?⎯

De repente dejó de ser un niño y pudo ver las cosas del amor con claridad. Las personas no pueden ser esclavas de los sentimientos, tienen que ser leales a la gravedad de lo que es importante, el amor, la confianza, la entrega y los soportes básicos de la vida, pero nunca quedarse sólo con la propiedad de la entrepierna del otro.

La fidelidad se evaporó con la imagen de la catequista y de la otra mujer aprendió que las cuestiones carnales no están necesariamente unidas al amor, son producto de la pasión y esta es corta de entendederas…

Salió de allí renacido y desde entonces se dedicó a los amores placenteros y a cubrir tantas hembras como pudo, tantas como ellas desearon ser cabalgadas…

jueves, 12 de abril de 2012

La catequista


Piedad junto al foso de las pasiones. 2012


La catequista
Preludio
El presente relato me aleja 52 años atrás, cuando Adrián, mi compañero de clase y amigo de la niñez, me confesó asuntos que nunca debían haber sido revelados. Adrián era un niño normal, quizá un poco travieso y con la libido dislocada pero tenía una sensibilidad e inteligencia extraordinaria. Ya por entonces cultivaba la fantasía de yacer con una monja. Todo lo que estaba relacionado con el sexo lo asociaba al olor de incienso y velas encendidas. Pasados unos años tomó conciencia de ello y pienso que llevó el deseo hacia objetivos más elevados y prácticos; creo que era su manera de profanar todos los templos y de conducir el arma de la lascivia a dimensiones etéreas.
Cuando me relató los hechos, la infidelidad, la traición al deber y la profanación del vientre virginal no eran nada significativo para él. Las circunstancias le llevaron a superar trances rígidos en los primeros aleteos amorosos y eso le dio correas para superar contratiempos. Hablo de  pequeños fracasos que en algunas personas dejan heridas profundas, resabios y frustraciones insuperables; para el sólo eran pequeños devaneos; ¡nada grave!
Aquel deseo en su mente había empezado a incubarse a la corta edad de siete años, entre el calor que irradiaba una ilustrada y bella mujer. Ella le adiestraba en los entresijos divinos y terrenales; le preparaba el camino para recibir a Dios en el ritual de la primera comunión y sin querer lo condujo a las puertas de un burdel de la más baja condición. (Eso vino años más tarde.)

¡Empecemos!
La catequista en cuestión se llamaba Lucía, era una mujer piadosa, tenia veinte años, era blanca de piel, vestía de negro azabache y tenia los labios del color de las fresas. Ni que decir tiene que ella también estaba necesitada; podríamos afirmar que estaba animada por la pasión que la vida hace crecer en las mejores almas. Había sido premiada con la gracia de la fertilidad y todo su cuerpo, caderas, cintura y pechos, resplandecían con el don de la juventud. Yo la conocí a distancia y se que podía remover todos los sentimientos con sólo mover las manos. Sus ojos eran verdes como los de Santa Lucía, tenían un brillo delicado y reían igual que lo hace un manojo de cascabeles movidos por un ingenio misterioso.
Él estaba embrujado por aquel raudal de sabiduría, llegó a pensar que era la voz de Dios en la tierra. Casi estaba enajenado por aquellas manos blancas con dedos de cera.
Me lo explicaba y quedaba con los ojos turbados.


-Con qué primor manejaba el misal… ¡era una caricia!-

Cuando Lucía cruzaba las manos, del anular colgaba una cadenita de oro. Balanceante, como un badajo diminuto, pendía un crucifijo de plata. Su brillo hipnotizaba, destilaba pasión y tintineaba en el aire; ¡qué liviana aquella cruz que soportaba el peso de un hombre torturado!
Hay que entenderlo y sopesarlo en el corazón de un niño.

¡Aquello estremecía!

Le cautivaba aquel tono de  voz, aquella cadencia misteriosa, aquellos andares firmes sobre  tacones finos y brillantes. Eran andares marciales que hacían estremecer los muros de emoción. El suelo entero se zarandeaba y con él los vitrales de la vicaría. Dicen que las vueltas de cañón de la iglesia se tensaban y hasta su magnífico torreón se ponía inhiesto con sus pasos. En ocasiones pensaba que hasta las nubes dejaban caer sus lágrimas de emoción al sentir el compás de aquellos pies sobre el mármol. Todo ese despliegue sensual no era exento de cierta sabiduría libresca que le llenaba la voz con expresiones como la que citó de Marsilio Ficino (1433-1499)


 -Sin la Belleza no hay posibilidad de aproximarse al Creador-

Ya podéis comprender que ante una situación así no hay ser humano que pueda quedar indiferente y él lo era; un niño demasiado humano con una estructura mental compleja.
El día de Pentecostés Lucía hizo un esfuerzo extra y lo convocó a la instrucción religiosa. Era uno de esos días que el cielo se desploma; llovía a raudales y llegó mojado hasta los corvejones. Ella le dijo presurosa:


-Ven, voy a secarte rápidamente. Vas a enfriarte y Dios no me lo perdonará nunca-


 Quedó desnudo como un ángel, cubierto por un hilo de pudor y una sonrisa “inocente en los ojos”. Cuando estuvo seco y vestido le dio la merienda: pan recién horneado y dulce de membrillo. Mientras comía lo sentó en su regazo y para secarlo le soplaba los rizos del pelo. Entonces le miró a los ojos y le dijo:


-¡Tienen el mismo color que los míos!-

Él degustó el dulce de membrillo y se recostó contra su pecho. Desmayada la voluntad, se dejó caer entre el simétrico volumen del valle de la niñez. Su energía quedó seducida hasta límites indecibles, el universo entero tenía el ritmo y la cadencia de aquella mujer santa que encarnaba la figura de todas las hembras y cuyo aliento había secado los rizos de su frente. Por primera vez sintió como su corazón latía en compañía; era el equilibrio del  mundo con el ritmo íntimo del amor y, sobre él, como en la sinfonía de los astros, se deslizaba la dulce melodía de la vida… Ella tenía razón: la belleza del mundo está entre las frutas del creador.

¿Quién puede ser juez para condenar lo que vino después...? 


Posdata: Lucía es un nombre adoptado; es la única libertad que me he tomado en el relato. Me ha parecido oportuno ya que puede unir diferentes historias acontecidas en tiempos y lugares muy alejados; por ejemplo: La que tiene luz en las manos, relato publicado en Generación Índigo. Por referencias oportunas he tomado el nombre de la mártir. Lucía entregó los ojos a su pretendiente en un cáliz de plata, se los sacó con un puñal para así poder dedicar la vida a su amado: Dios. La hicieron santa y ahora es la patrona de las costureras y los mendigos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Búsquedas y encuentros





La cueva de Valls. 1974, Reflexiones entre búsquedas y encuentros.

Búsquedas y encuentros
En uno de los viajes que realicé a Reus el otoño de 1974, encontré una pequeña cavidad al lado de la carretera que va del Vendrell a Valls, (Tarragona). Iba en una motocicleta y llamó mi atención de tal manera que hizo detenerme al instante. La cueva estaba hecha en una piedra tosca, como de hormigón, y el tiempo y la erosión habían hecho desaparecer los rastros de las herramientas.
De aquel pequeño espacio emergieron preguntas que todavía no he contestado y se presentaron temas que he trabajado en todos estos años. Después de muchas horas en divagaciones he llegado a la conclusión de que son motivos eternos y deduzco que cada persona tiene que experimentarlos y pensarlos por si misma.
La utilidad de la cueva era poco clara, debía servir para casos de urgencia, de refugio necesario, quizás, de cámara para mantener la comida y el agua a la fresca. El viento, la lluvia y el polvo habían dejado una cubierta de tierra ferruginosa y polvorienta en el suelo. En medio del espacio ovalado había una piedra de pequeñas proporciones que hacía de centro o quizá de asiento.
Estuve un buen rato mirando aquel lugar ocupado por la piedra, ella lo llenaba plenamente, lo significaba de manera indefinida; ¡era el habitante...! Aparentemente parecía no tener ningún valor especial pero establecía la idea central del discurso. En el primer momento creaba una situación mentalmente cómoda, no había nada que pensar, todo era simple y transparente. Era un agujero apacible: un hueco ocupado por una piedra callada.  Después de observar la tensión estética y simple de aquella escenografía, le hice una fotografía  sin muchos preámbulos. Al hacerlo, al encuadrar y eliminar el contexto, el lugar se tensó inesperadamente. La  presencia de la piedra instalada en el centro tomó un relieve extraordinario. Ella sola formulaba una pregunta cargada de incertidumbre que llegó a fascinarme.
El espacio se habría en la roca como una puerta misteriosa; estaba ahí, ocupado por una señal que lo llenaba todo y creaba una imagen plena de sugerencias.
¿Era el huevo primordial encobándose con la luz del sol?
¿El trono del hacedor en el centro del mundo?
 ¿La palabra muda que espera el fonema sagrado que la reconoce y le da nombre?
Lo que fuere…, era un enigma que llenaba mi mente de misterio y su ausencia creaba una herida permanente; han pasado 38 años y todavía es presente…
Quise retirar la piedra para hacer la segunda fotografía y el espacio quedó totalmente vacío. Ahora se presentaba ante los ojos con una presencia angustiosa, desamparada, sorprendente y misteriosa. ¡La ausencia la había llenado de oscuridades! La cueva estaba deshabitada ante mi, el espacio mostraba su cualidad intrínseca: la nada. La nada moraba el lugar y con ella la fuerza evocadora del enigma. El ocultamiento se presentó de pronto como una niebla inquietante que lo inunda todo…
Detrás de ese velo, que es mi mente y sus registros, he querido mirar siempre y lo he hecho con la convicción de que se trataba de comunicación directa con la materia...
 La mirada no puede captar más allá de los fenómenos físicos pero la mente puede interrogarse sobre cuestiones metafísicas. Mi memoria quedó sin referentes y vibraba cautiva en un suceso del pasado, ¡no podía olvidar! Había quedado atrapado entre las telas del tiempo y ya nunca podría sustraerme de la experiencia de observar los hechos en su conjunto. ¡Todos los instantes están unidos en el presente! La cueva podía estar llena y vacía a la vez. Todo quedó impreso en la memoria y pienso que algún resto, alguna señal que proyectó de la piedra, era presente y excitaba mi retina.
La señal se había convertido en una herida, más tarde en una llaga que no se ha cerrado nunca.
Acción de poner una A en el centro de una piedra. Museo de Reus Con Pere Salabert y Eva Gregori. 2005
Pal()bra

Pal( )bra es el lugar vacío formado por la desaparición y ocultación de la (A), la cual queda en silencio en el alma de un estuche de cobre o entre el paréntesis de dos mitades de piedra. Este espacio se sitúa más allá del lenguaje y de la comprensión de las cosas, por tanto significa también el misterio de todo aquello que la razón no es capaz de comprender ni describir. A mi entender, es el enigma de la sustancia de las cosas que escapa a la mirada, es, en definitiva, el territorio donde el lenguaje se deshace en polvo, en sutiles cristales de sal. Trás esta desaparición los razonamientos intentan resolver el problema con otros recursos expresivos, con sonajas de colores y dosis de ilusión esperanzada.
La palabra se desenvuelve bien ante la presencia de un mundo espiritual muchas veces sobrecargado de fantasía. Sobre este asunto no creo que sea necesario hablar más, ni  buscar razones esclarecedoras. No se ha de perder el tiempo analizando aquello que no pueda ser analizado. Nos basta con la dosis de poesía y en ella hay que depositar todo el valor. Considerando la debilidad de nuestros recursos expresivos, la fragilidad de la comunicación y la incertidumbre que genera todo intento creativo, una expresión bella nos reconcilia con el mundo y con ello estamos pagados...

El relato.
Determinadas imágenes quedan grabadas para siempre, hieren el espacio bruñido de la memoria y allí se quedan como un arquetipo permanente. Creo que la piedra dejó en el pensamiento una pústula que me ayuda a recordar, una señal permanente que hace de la ausencia de la letra una llamada firme para invocarla y hacerla presente. Quizás todo aquello tan sólo era una ilusión dulce, pero fue un hecho que despertó reflexiones y obras que la hicieron significativa en mis años de escultor. La señal incipiente ha crecido y se ha formulado en la obra.
Es  cierto que la vivencia del hecho no es transferible a los demás, el instante nos pertenece como  herencia personal. Nuestras experiencias nos hacen, anidan en el recuerdo y empujan nuestro destino, nos modelan los sentidos y no podemos desprendernos de ellas nunca.
Ahora, por más que intente narrar los hechos con  la máxima pulcritud, con precisión en el uso de la palabra, estoy seguro de que no despertaré en el lector más interés que el que se desprende de un relato curioso. La perplejidad está presente: en cualquier narración, siempre queda la duda de si se trata de un hecho experimentado o una invención de la mente. Seguramente estas palabras ya están lejos de los pensamientos y sentimientos que experimenté entonces, lo que si queda claro es que todavía tienen energía para hacerme pensar, emocionarme y escribir.
En nuestras recreaciones, en las invenciones que tenemos que formular para entender y presentar el mundo, siempre hay una parte de ficción; es inevitable. Me dispensáis esa parte ya que no es mi intención vivir del relato, yo soy escultor…
Sabéis que la mente es una productora de realidades y cada instante genera la imagen que antes no existía. Sin ser del todo conscientes, somos inventores de pasado al narrarlo y con ello, condicionamos nuestro futuro. Aquellas experiencias me hicieron y aunque no son plenamente transferibles, quizá el lector tendrá una experiencia parecida, aproximada y enriquecedora, si  contempla la Capilla turkana o la Ventana del asombro. Espero su complicidad y su entrega abierta a la naturaleza, ella, la naturaleza, es la voz más poderosa de la creación…

viernes, 16 de marzo de 2012

Palabra oscura.





Palabra oscura. 2001-2002
(Fragmento del texto sobre la obra)
Como sonajas muevo los dedos, hago actuar a las manos: con el dedo punzo un agujero en el barro, lo hago tan profundo como me es posible.
¡Soy constructor de formas!
-Después pienso.-
Acerco la boca a aquel espacio pequeño y deposito una idea prolongada; como quien deja caer una semilla en la tierra, espero a que germine en primavera.
Actúo y también sé pensar, ¡aunque torpemente!
Cierro el agujero y allí queda oculto el mensaje como un misterio permanente, desde allí irradiará energía como una luz oscura y débil, desde allí emanará una idea estética y ética si existen ojos inquietos para mirarla y aceptarla. Para sobrevivir entre ciertas actitudes hacen falta complicidades...


Sin descanso vuelvo a hacer la misma operación tres días y tres noches. El barro comienza a endurecerse, el dedo ya no puede entrar y las palabras empiezan a quedar en superficie.


¡Lo doy ya por acabado, no soy suficientemente fuerte, me falla la voluntad!


No todo está perdido,  sé con certeza que en la urna sigue abierto el espacio para muchas más acciones y que todo está dispuesto para empezar de nuevo. La razón me dice que sólo es cuestión de agua y energía para volver de nuevo a la experiencia inicial y la necesidad estética me induce a continuar
siempre en círculo.
Dispongo del sol, es un eje central y no me siento solo, siempre rodeo el mismo problema, el pacto i la alianza con sus producciones...

sábado, 3 de marzo de 2012

La sonaja


El fundidor de los limbos agita las semillas,  Foto de Fénix o la ciudad del sol. 2010


La sonaja
Al día siguiente se despertaron con los primeros rayos del sol y vieron por el tono de luz que todo estaba previsto bajo las lonas del cielo…
Seguidamente los dos danzaron a un tiempo y aconteció lo que ya conocéis por la historia: El amante de arrayanes. ¡También por este lado el tema está concluido!
Como veis, el círculo se está cerrando y harán falta acontecimientos extraordinarios para que los relatos puedan continuar…
Cuando germinó la semilla y con ella la trama de: Ció ante la ventana del asombro, una visión espectral enmudeció su semblante y quedó convertido en el esclavo de sus palabras. Sintió también que su voluntad estaba secuestrada por las respuestas amables pero esquivas.

¡Otra vez el calvario!
-Pensó-

Estaba atrapado entre los señuelos del corazón; ¡el suplicio permanente! Él tenía colgada del cuello la piedra del dolor, las manos eran llagas lacerantes y por los ojos destilaba el jugo del sufrimiento. Sabía lo que le venía encima, había padecido el trance y se dio cuenta que en el pecho se abrían de nuevo las herídas de la amargura.

Sea cual sea el dilema dijo:
-¡Ahora hay que seguir!-

Él ya había  perdido una hija del mismo nombre (Ció), la que se hizo aurora en el momento de nacer, y ahora le tocaba transitar el mismo sendero, padecer los mismos quebrantos, quedar enterrado en el mismo surco.
Entonces se acordó de la piedra, el canto de río que llevaba en la mano, lo abrió y cinceló en una de sus caras la primera letra del nombre de la mujer esperada. (  ) La volvió a cerrar y la ató con los finos tendones que sacó de sus brazos. Después se la colgó al cuello como un talismán y empezó a caminar con el propósito de no parar nunca.
El agua de la otra mano ya se había perdido; sus dedos eran porosos, piedras de un erial sin límites; ¡ya no quedaba ni una gota! En el camino transitado, en las plegarias descritas, fue lluvia que empapó la tierra. Hacían falta ríos inagotables, borrascas endémicas, pero en aquel tiempo no llovió: él la repuso cada día con los veneros de sus ojos.

Entonces, ella le dijo:
⎯Tú eres fuerte ante el dolor, ¿Cómo puedes soportarlo? ⎯
Él contestó:


⎯De las llagas del corazón nadie sabe la verdad. Nadie siente como yo las tinieblas que cubren mi laberinto, nadie puede transitar los corredores de la mente.
Mis plegarias no pueden ser escuchadas; ¡quizá sin pretenderlo deseo que no se atiendan!
Se que nada germinará de este cuerpo tembloroso y derrotado…⎯

Hizo una pausa larga, pensó y meditó con cuidado las palabras que tenía que añadir y así terminar el agobio de los primeros tiempos.

¡Quería finiquitar las suplicas…!


⎯La verdad de mis ojos, la realidad que me emociona y estremece hasta el llanto, es que soy hijo legítimo del barro, limo y fermento de río, ¡un tallo tierno que puede morir de añoranza…!⎯
Se hizo un silencio largo, interminable, de cuarenta días, ¡de cuarenta noches!…
¡No hay nada que hacer, ahora lo comprendo!


-Adiós, amada!-

Los oídos están tupidos de embelecos y ante el abismo de las situaciones sólo cabe precipitarse en ellas…

-Entonces dijo la última palabra-


- Si algún día se desploman los lienzos del miedo y el surco se llena de simientes nuevas, yo lo celebraré con la sonaja del pecho y tu sentirás el amanecer como aliento renacido.-

viernes, 2 de marzo de 2012

II Encuentro


Las sombras tienen razón de ser... están muy adaptadas al cuerpo. La Musara. Tarragona  2010

II Encuentro
Un día de primavera, confundido entre las luces del alba, lo encontró encaramado en una piedra. Firme como un vigía, rápido y preciso, hacía girar en el aire un paraguas plegado. Con él ahuyentaba las tinieblas y con el brazo extendido y la mano entreabierta acariciaba los rayos del sol. Los dejaba pasar a capricho y en ocasiones los atrapaba para beberlos más tarde a sorbos chiquitos.

¡Era una visión insólita, quizá extraordinaria!

Allí danzaba de manera compulsiva; como un poseído saltaba, subía y bajaba sin cesar y a su vez, lanzaba al aire puñados de tierra para que el viento la esparciera como calima. Encorvado pero fuerte, pesado y frágil de corazón, se movía como un danzarín inspirado.
Ella lo miró con atención y vio en él el sembrador de sueños; también el que demanda permanentemente sin ser atendido. Le preguntó con un chasquido inaudible en los ojos.

-¿Qué sueñas tan de mañana?-

-A lo que él contestó-


Busco a la madre tantas veces vaciada... ¿?
¡Ahora se trata del nacimiento de un ser con la mente enfocada…!

Aunque madura, ella tenia todos los atributos para seducir al instante; sacó del blusón un pecho turgente y teniendo invertida la mano, apretó con el índice y el pulgar el botón del pecho izquierdo. Al instante, de él surgió un chorro de leche cálida y fresca que trazó una elipse preciosa en el aire. El hilo blanco surcó espacios inconfesables y fue a parar a los labios del fundidor de los limbos, atravesó la garganta y encendió todos los fuegos internos…

No hace falta relatar nada más: él tomó el néctar de su cuerpo, lo destiló en la sangre y quedó seducido al instante. Su cuerpo se transmutó en las semillas del mirto; ya conocéis, las que quedaron ocultas en el surco... ¡memorias de un hecho ya relatado!